De Montjuïc al Kilimanjaro

Odón Martí

Operación Impala fue uno de mis libros favoritos de la adolescencia. Lo leí cuando tenía 15 años. Y lo releía de vez en cuando años después. De sus páginas me había fijado solo en la aventura, en la ruta y en las anécdotas de cinco apasionados viajeros. Lo que no supe ver en ese momento es que esa expedición fue además una batalla más de una guerra que parece no haber terminado.

Me di cuenta viendo el magnífico documental dirigido por Manuel Garriga, historiador del motor (y colaborador de Historis), que se estrenó en Barcelona hace unas semanas y que es un detallado trabajo sobre esa expedición, que cumple su 50 aniversario, sobre la industria de la moto en Cataluña y la rivalidad entre Montesa y Bultaco.

El hilo argumental gira en torno a la primera travesía de África en moto, protagonizada por cinco intrépidos viajeros: Oriol Regàs, Rafa Marsans, Tei Elizalde, Enric Vernís y Manuel Maristany, que recorrió 20.000 kilómetros en 100 días a principios de 1962, desde Sudáfrica a Túnez, atravesando Zimbabue, Zambia, Etiopía, Sudán y Egipto. Y fue además una inesperada y espectacular campaña de lanzamiento de una moto llamada a hacer historia, la Impala.

Era un gran reto promovido por Regàs al que se unieron Marsans, Elizalde y Vernis, expertos pilotos de competición y un cronista que no sabía ir en moto, Maristany. Acompañados por un Land Rover que los expedicionarios llamaron “Kiboko” (rinoceronte en suajili), tres prototipos Montesa de 175 cc y 10.5 CV de potencia que incluso tenían entre sí diferencias mecánicas como el sistema de embrague, fueron capaces pese a su aparente fragilidad de superar barro, selva, desiertos y sabanas alcanzando su objetivo.

El documental es de visión obligada para los aficionados a la moto. Y también recomiendo la lectura del libro, una deliciosa sucesión de anécdotas en las que Maristany reflejó la sociedad y forma de vida del África postcolonial que ya no se parece en nada, para bien y para mal, a la que conocemos hoy día.

Cuando se puso en marcha su idea, los viajeros pretendían llevar a cabo una aventura atrevida entre un grupo de buenos amigos, sin más. Sin embargo, la expedición tenía lugar poco tiempo después de un hecho que cincuenta y cuatro años después aún levanta ampollas, la ruptura profesional entre Pere Permanyer y Paco Bultó.

Eran los hombres al mando de Montesa, apasionados por los motores y las motos, pero dicen los que les conocieron, muy distintos entre sí y los dos con una fuerte personalidad. Bultó siempre defendió la competición como el valor más destacado de una marca: “El mercado siempre va tras la bandera a cuadros” decía y abandonó Montesa en 1958 para crear su propia marca, Bultaco, ante la negativa de Permanyer a mantener presencia e inversión en las carreras.

Y ese fue el inicio de una enorme rivalidad deportiva, industrial y comercial que se prolongó a lo largo de 25 años. Esa personalidad, ese carácter tan distinto y tan marcado entre los líderes y sus colaboradores y también sus motos, creó filias y fobias, odios y pasiones que se mantienen intactas con el paso de los años.  Es algo sorprendente y sobre lo que he pensado tras ver la película.

Como en todo, hay gente ecuánime que reconoce méritos de unos y otros, pero tal como ocurre en el fútbol o en la política, la opinión y los sentimientos se polarizan y cada cual ningunea tanto como puede los méritos de la otra parte lo que no deja de ser un símbolo de la esquizofrénica sociedad en la que vivimos.

Y el viaje de los cinco motoristas a África tiene parte de la culpa. Su repercusión fue tan grande e inesperada, que una moto que originalmente debía llamarse Montjuic, se acabó llamando finalmente Impala y fue uno de los mayores éxitos de la industria catalana en toda su historia, al punto de que se fabricó una segunda versión cuando Montesa ya estaba en negociaciones con Honda.

Leopoldo Milá, un técnico que había trabajado a la sombra del carismático Bultó, fue el encargado de diseñar una moto que significase el relanzamiento comercial de Montesa y acertó a la primera creando un modelo que se convirtió muy pronto en un símbolo. Con miles de Impalas rodando por las calles y por países de todo el mundo, incluso John Wayne y Steve McQueen tenían una, la guerra comercial se trasladó a los circuitos de velocidad y motocross.

Cataluña era un potentísimo centro industrial y docenas de marcas llenaban las calles de un país que ya estaba olvidando la postguerra. A Bultaco y Montesa se les unían nombres como Rieju, OSSA y Sanglas. Y por supuesto, Derbi que a la chita callando vendía como churros sus fiables Antorcha de 49 cc, las populares “Paleta” y que de la mano de un atrevido zamorano llamado Ángel Nieto empezaba a conseguir un cierto prestigio en el mundial de velocidad.

En el documental de Garriga, hablan muchos de los protagonistas de aquella época. Y sus opiniones reflejan lo que fue aquello. La ruptura entre Permanyer y Bultó tuvo que ser muy dolorosa y conflictiva. Y al escuchar a gente de uno u otro bando, aún salen a relucir rencores mal disimulados, y comentarios a media voz sobre planos, diseños, ideas y proyectos que no se sabe bien quién ideó y en que cajón se quedaron o aparecieron.

Y esa enemistad se trasladaba a la competición donde los pilotos formaban parte de cada empresa, eran casi de la familia. No tenían nada que ver con los profesionales de este siglo, indiferentes a la historia y que pueden correr hoy aquí y mañana allí. La marca se llevaba en el corazón y los protagonistas reconocen sin ningún problema, incluso con un punto de orgullo, que entre unos y otros no se dirigían la palabra.

Las carreras de velocidad eran el terreno de conquista y las 24 Horas de Montjuic el escenario de la gran batalla. La mítica carrera barcelonesa era el acontecimiento cumbre y antes que las motos italianas y japonesas dominaran la montaña, Montesa y Bultaco consiguieron victorias que eran una cuestión de honor para técnicos y pilotos.

Pero la batalla no era solo en Barcelona. Marcas y equipos coincidían en todas partes y los cuatro africanos de Operación Impala, pilotos muy activos, destacaban en competiciones muy diversas. Marsans, jefe del departamento de competición de Montesa entre 1959 y 1967, era el único profesional. El resto eran brillantes amateurs. Vernis destacaba en rallyes de regularidad, Regàs estaba considerado el mejor piloto en malas condiciones atmosféricas, lluvia o niebla y muy bueno en resistencia. Y Elizalde era posiblemente el piloto más fino de su generación, campeón de España de Motocross en 1961, ganador de la segunda edición de las 24 Horas en 1956 y también del primer duelo entre Bultaco y Montesa en Montjuic en 1959.

Pasaron de competir en Montjuic a alcanzar el Kilimanjaro y los desiertos etíopes y viceversa, como si fuese lo más normal del mundo. Y no lo era en esa época. Ellos y sus colegas de generación deberían tener un lugar mucho más destacado en la historia del motociclismo de la que tienen.

Gente como un tipo muy discreto llamado Salvador Cañellas, dotado de una rara habilidad para pilotar deprisa cualquier cosa con ruedas y motor que cayese en sus manos y que en mayo de 1968 consiguió la primera victoria española en el mundial de motociclismo, incluso antes que el maestro Ángel Nieto. Fue en mayo de 1968 en Montjuic pilotando una Bultaco TSS 125.

Fueron años de resurgimiento, de gente atrevida, de industriales ambiciosos e ingenieros muy capaces que diseñaron motos que eran una referencia en el mundo entero y además en todas las especialidades, velocidad, trial, motocross y enduro. La crisis de los años 80, la invasión japonesa y una cierta falta de liderazgo común destruyó un sector entero del que solo Derbi se salvó.

Bultaco desapareció y Montesa fue absorbida por Honda. Abandonaron calles y circuitos con más pena que gloria, por qué merecían mejor suerte, pero al menos nos queda el recuerdo de esas batallas entre personajes casi legendarios, entre pilotos extraordinarios y motos de leyenda, cuyos nombre tenemos todos los aficionados en la memoria. Operación Impala nos permitirá revivir esa expedición y los entresijos de una guerra sin cuartel.

No se lo pierdan.

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